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Our work strives to enhance our sense of surroundings, identity and relationship to others and the physical spaces we inhabit, whether feral or human-made.

Selected Awards
  • 2004 — Aga Khan Award for Architecture
  • 2009 — Mies van der Rohe Award
  • 2013 — AIA/ALA Library Building Award
  • 2015 — Best Interior, Designers Saturday
  • 2016 — AIA New York Honor Award

El molino de harina d’en Subirós

La historia del Molí d’en Subirós se sitúa entre el año 977, en el que el conde de Besalú, Miró Bonfill, dota al monasterio de Sant Pere con propiedades, derechos y rentas, y octubre de 1963, en el que el molino fue abandonado definitivamente.

A lo largo de todos estos años, el conjunto ha sufrido diversas intervenciones, desde las propiamente constructivas, como la reforma de 1755 —a raíz de los destrozos provocados por la riada de 1746—, que significó la construcción de una nueva vivienda para el molinero, hasta intervenciones para el aprovechamiento industrial de las muelas y la energía del agua, como la de finales del siglo XIX, en la que se aprovechó uno de los canales de salida del agua para instalar en él una turbina que producía la electricidad para alimentar las fábricas instaladas río arriba.

Los molinos de harina

Cuando hablamos de molino nos estamos refiriendo principalmente a una máquina para moler grano, como los molinos de aceite, de harina o de arroz, pero también podemos referirnos a otras máquinas que se utilizan para deshacer o trinchar materiales mediante mazas, como los molinos de trapos y papeleros.  

Si queremos clasificarlos, podemos hacerlo a partir de la energía que los mueve, y así tendremos molinos de viento, de fuego, de sangre y de agua. Pero también podemos clasificarlos según su utilidad, de aceite, de harina, de trapos, papeleros…

 

Cómo funcionaba un molino harinero

Los molinos harineros tradicionalmente utilizaban la fuerza del agua proveniente de los ríos como fuente de energía. A menudo estos cursos de agua tenían poco caudal y no proporcionaban la energía suficiente para garantizar el buen funcionamiento del molino. La solución pasaba por la construcción de balsas justo al lado de los molinos. Cuanto más honda y grande fuera la balsa, más garantizada quedaba la producción del molino.

El proceso para hacer harina era muy simple. Consistía en verter el grano en un recipiente en forma de embudo, llamado tolva, que mediante un canal y un mecanismo giratorio para evitar atascos lo dejaba caer de manera regular en el centro y entre las dos ruedas. La rueda superior giraba sobre la rueda inferior impulsada por la fuerza del agua que caía desde la balsa hasta el rodillo situado en el cárcavo (en el sótano). Este roce trituraba el grano hasta convertirlo en harina, que era expulsada por los laterales de las ruedas. Las dos ruedas estaban grabadas con estrías para facilitar el roce y la expulsión de la harina, estrías que, cada cierto tiempo, el molinero debía volver a marcar para asegurar el correcto funcionamiento del mecanismo. Al mismo tiempo, la rueda superior se podía levantar o bajar mediante el alzador, lo que permitía producir harina más fina o solo romper el grano, según la voluntad del molinero.

Pero antes el molinero examinaba el grano para saber si se trataba de un grano fuerte o flojo, y determinar, así, cuánto tiempo debía estar en remojo y cómo había que molerlo. A esto se le llamaba «entender el grano», y era importante para obtener un rendimiento óptimo del grano, tanto en cuanto a la calidad de la harina como a la cantidad obtenida.

El grano, además, había que lavarlo antes de ponerlo en remojo, ya que solía estar sucio del polvo y la tierra que cogía durante el rudimentario proceso de batida.

 

La organización del trabajo

Los molinos también tenían que estar tan cerca como fuera posible de un pueblo o vecindario de masías, de modo que el transporte del grano y de la harina de la masía productora al molino no durara más de tres cuartos o una hora.

Del transporte se encargaba el labrador propietario de la producción, y se hacia con mulos o burros, cuando los caminos no estaban preparados para que pasasen carros o carretas. Por cada canastillo (unos 60 kg) el molinero cobraba una maquila (unos 2,5 kg), y cobraba otra si tenía que ir a buscar el grano y llevar la harina a la masía productora.

En general, cada casa iba a moler grano una vez por semana, y cuando dejaba el grano para moler se recogía el que se había dejado la semana anterior. A veces el labrador tenía suerte, y cuando llegaba no faltaba demasiado para que llegara su turno; en estos casos se espera a tener la harina. La suerte de esta situación dio paso en catalán a una frase hecha todavía hoy día muy utilizada, «arribar i moldre» (‘llegar y moler’), el equivalente del castellano «llegar y besar el santo».

Son muchos los refranes y frases hechas relacionados con los molinos de harina:

«quien al molino ha de andar, debe madrugar», «de molinero mudarás, pero de ladrón no saldrás», esta última nos muestra la mala fama que tenían los molineros, fruto de las suspicacias que había alrededor de la medida con la que el molinero cobraba su trabajo. Y es que en el proceso de molienda de la harina se producía una merma entre el volumen y el peso del grano y el de la harina obtenida. Esta merma no era solo el resultado del pago del molinero, sino que también se debía a una molienda no lo suficientemente adecuada.

 

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Fuentes consultadas
  • Bolòs i Masclans, Jordi; Nuet i Badia, Josep (1983). Els molins fariners. Barcelona: KETRES editora (Colección Ventall).
  • Donat, Lídia; Solà, Xavier (2014). «Els molins: construccions, tipologies i usos». A J. Nogué, C. Puncernau (ed.), Quaderns. Aigua i ciutat: els recs de Banyoles, història i futur (núm. 34, pág. 67-84). Banyoles: CEC.

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